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D'Efectos secundarios.

No tengo sueño, ya no puedo dormir. Hace dos horas tenía mucho sueño. Estoy en la cama, adormecida, dando vueltas, escuchando el silencio casi aterrador de mi verde pueblo. Aprender a respirar, aprender a pasar la saliva, la saliva. ¿Dónde está mi saliva? No siento mi garganta. Son segundos. Qué largo es el viaje, son pocos minutos, qué ganas de llegar. No me pidas paciencia, me jode que me pidas paciencia, cuando es lo que me sobra. Lo único que me sobra. Tengo calma, tengo mucha calma. “¡Buen viaje!” No sé si bueno; malo, largo, mío, tuyo, conocido, desconocido, de otro, de otros, de los que hablan de lejos, que gritan, que están cerca; que no están… pero los siento. Dando vueltas acompasadas, estoy esperando aterrizar. Hay efectos que duran toda la vida. Tenía el presentimiento de que esto iba a pasar. Hoy no duermo. Ya sé como viene esta mano, pero no me doy cuenta hasta que estoy adentro, o mejor dicho, afuera… o en ningún lado. Vertigosa, inventando palabras, de caída, sin reso...

Como Brote.

Como brote psicótico fue diagnosticado el episodio, que nunca recobró de su vida Elvira. Ese día despertó más confundida que de costumbre, con el pelo más corto de lo que recordaba, la casa de cabeza, los discos rotos, regados por el piso, cigarrillos sobre la cama, quemaduras en los brazos y piernas. Entonces decidió buscar ayuda, esto no podía seguir así. Fue enseguida donde los especialistas, ya antes alguien le había comentado de este lugar donde ayudaban a gente con bajos recursos económicos y quedaba a pocas cuadras de la casa donde Elvira vivía en ese entonces. Primero fue entrevistada por una mujer. ¿Por qué ha venido? – Preguntó la mujer de voz suavemente fingida, inclinando su cuerpo hacia adelante como queriendo establecer intimidad. Elvira en la silla del frente. Avergonzada contestó – No recuerdo el día de ayer – y le mostró la mano izquierda. Con una media sonrisa forzada la mujer de voz fingida le pregunto de nuevo - ¿escucha voces? ¿Sabe quién la hizo eso? Elvira enmude...

Noctambula, sonámbula...

Empiezo a dar vueltas por mi casa, cuarto, cocina, sala. Sala. La miro, pero no la observo. Estoy parada con el pantalón desabrochado y la barriga inflamada, no sé para donde ir, no puedo seguir escribiendo, no puedo seguir leyendo, mis ojos no están mirando nada. No tengo sueño, no tengo hambre, no tengo nada que hacer; porque no puedo hacer nada, camino a mi cuarto de nuevo, me echo en la cama y no me puedo dormir, vienen mis piernas de nuevo, no las siento. Me levanto para que no se sigan adormeciendo, miro la hora, no la veo. En mi escritorio, la copa de vino que no acabé. Esto es grave y eso me saca de mi estado “stand by” y me hace reflexionar: El alcohol me ha caído mal. ¿Será que he pasado muchos días sin beber y mi cuerpo no está acostumbrado? ¿Será que debería volver a beber más seguido? O ¿Será que no debo volver a beber nunca más? Al menos no a solas, como me lo propuse hace unos días. Mi capacidad para reflexionar se ve mermada por un leve dolor de cabeza. Mejor continuo ...